Soy una mala madre

No me había tomado esos “cinco minutos” para escribir sobre mi maternidad porque tenía demasiado sueño para pensar lo que realmente quería decir. Ya no tengo tanto, y es que estos meses fueron muy difíciles, estuve exhausta y frustrada la mayor parte del tiempo, pero puedo decir que ahora eso se ha ido poco a poco.

Tal como me pasó en el embarazo, los primeros cuatro meses fueron complicados, en el embarazo con unas náuseas y vómitos que quizá no fueron los más escandalosos, pero sí los más intolerantes para mí; y ya con mi bebé en brazos, por las desveladas, su llanto por reflujo y mi completa ignorancia sobre cómo cuidar a un bebé.

Las frases que más repetía fueron: “¿Qué estoy haciendo mal?”, “Ya no puedo más”, y “Soy una mala madre”. Con el tiempo aprendí que esos clichés de los que tanto me quejaba, existen y tienen un valor hasta que realmente los vives, aprendí que no puedes juzgar sin empatía y que nuestra historia repercute en los que amamos sin que lo podamos evitar.

Nunca tuve una experiencia directa sobre cómo convivir con un bebé, pocas veces cargué a uno, nunca en la vida había cambiado un pañal, ni tenía la más mínima idea de sus hábitos de sueño. En fin, soy mamá primeriza en toda la extensión de la palabra. Además, tengo este chip de responsabilidad y de querer hacer las cosas correctas todo el tiempo, por eso estaba tan asustada.

Creía que todo lo que hacía iba a afectar a mi bebé trascendentalmente, lo que pensaba, si yo sonreía o no, si lloraba o no, si le daba pecho o sólo fórmula, si la bañaba más temprano o más tarde, bla, bla, bla. Aunado a eso, lidiar con todos los cambios de mi cuerpo y cuestiones emocionales, fue una bomba que causó estragos en mi sistema.

Empecé a relajarme con el transcurso de los días, Lucía me lo dijo “con el tiempo se te hace más fácil”, fue cierto. También me dijo, no textual, que era muy común que extrañaras tu vida anterior, eso me hizo respirar, porque sí, extrañaba muchísimo mi vida anterior y eso me hacía sentir culpable.

Mi bebé es una bendición, lo sé, sobre todo cuando pienso cuánto la deseé y todo lo que se formó en mi pancita para que ella estuviera aquí, pensar que es un pedacito mío y de un amor muy grande, es maravilloso, pero no pude evitar sentirme triste, frustrada, cansada, culpable, invadida, enojada y llena de dolor (emocional y físico).

Cuando dije que nuestra historia repercute en los que amamos, también quise decir que repercute en nuestras etapas. Las carencias, virtudes, defectos y formas de vida de los que me rodean y, sobre todo, de mí, se volvieron más evidentes con la llegada de mi pequeña. Por ejemplo, no soy de las que pide ayuda, pero con una bebé, vaya que necesitas ayuda.

Cuidar a mi bebé no era el problema, el problema eran mis emociones acumuladas que terminaron explotando. Créanme, la labor de alimentar, dormir y estar al pendiente de mi pequeñita fue el menor de los males.

Voy por partes…

“¿Qué estoy haciendo mal?”

Detrás del “¿Qué estoy haciendo mal?” estaba mi miedo a faltar a mi responsabilidad como mamá, mucho miedo de que lo que yo era afectara a mi bebé en un futuro, y mi tendencia a no pedir ayuda por miedo a que me lo echaran en cara tiempo después. Sí, esa era mi historia, pero no entendía que no tenía nada que ver con mi nueva etapa.

No entendía que responsable soy y que cuidaría a mi bebé con toda seguridad, no habría por qué sentir miedo. Que sí, lo que soy repercutirá en mi bebé, pero tengo que aceptar que así como tengo defectos, tengo muchísimas virtudes, así que tengo que amar lo que soy, todo el paquete. Y que el pedir ayuda no sería como en el pasado, no me harían caras de fuchi, ni me abandonarían o gritarían a primeras de cambio.

Mi bebé lloraba todo el tiempo porque me negué a compartir la responsabilidad de sus cuidados, porque me sentía estresada, frustrada y con una depresión post parto desgastante, porque no le hablé a la pediatra para preguntarle qué le pudiera estar pasando, fue ignorancia combinada con algo de soberbia.

“Ya no puedo más”

Detrás del “Ya no puedo más” fue una negación total al cambio, a entender que existen etapas que tienen que vivirse para poder disfrutar sueños e ideales. Quería que todo fuera a mi manera, a mi ritmo, y eso me frustró, sobre todo porque mi bebé a pesar de ser parte de mí, es un ser humanito que tendrá su propio ritmo biológico.

Añoré muchísimo cuando yo tomaba decisiones de a dónde ir, cómo ir, a qué hora ir y si tenía opción de cambiarlo en el último momento. Con mi bebé, ya no es tan así, es cierto que ella se adapta a su familia, pero también tuve que entender que es nueva en este mundo y que hay que enseñarle cómo adaptarse.

Me negaba al cambio, me negaba a vivir etapas como las desveladas (porque son eso, sólo una etapa) y comencé a sentirme frustrada porque la situación no era como yo la había imaginado. De lo que más recuerdo y que me ayudó a enfrentar este cambio fue cuando mi papá me dijo “son desveladas por placer”.

Además, descubrí que me encantaba estar sola, mas no la soledad, me gusta estar conmigo misma, sin bullicio, sin mucha gente a mi alrededor. Pero qué creen, cuando llega una bebé súper esperada por una gran familia, eso es un poco complicado, lidiar con este cambio fue muy difícil porque me sentí invadida.

Primero, invadida durante el embarazo con el bombardeo de preguntas, con que todo el mundo quisiera verme o tocar mi pancita. Estando acostumbrada a un espacio personal amplio, la reducción fue un shock cabrón, y cuando llegó Val estuvo peor porque a pesar de que ahora sí tocarían al bebé y no a mi pancita, yo la seguía sintiendo parte de mí y eso afectaba mi intimidad, mi espacio, mi yo, y la gente de mi alrededor no entendió mucho esa parte. Así que sí, “ya no podía más”.

“Soy una mala madre”

Detrás del “Soy una mala madre” estaba la culpa, el miedo y todas las opiniones del exterior, las que se manifestaban directamente, más las que yo creía que los demás tenían, pero sin tener la completa certeza.

Estaba la culpa de sentirme triste y frustrada por querer mi vida anterior, cuando se supone que estás en la etapa “más feliz de tu vida”, entonces creí que sentirme así era ser una mala madre, no entendí por qué yo estaba triste si debía estar feliz.

Luego, empezaron las críticas por mi actitud, era lógico para mí tener cara de pocos amigos cuando estaba desvelada, cuando sentía invadido mi espacio (por mi historia personal), cuando querían tomar a mi pequeñita en sus brazos y yo sólo quería arrebatárselas, irme y llorar. Obvio, sobre todo los que no tienen hijos, tomaban esa actitud como una “mamonería andando”.

Entonces, empecé a escucharlos, creí que sí era muy mamona, me sentí culpable, me sentí mala madre. Luego empezaron con “vas a volver a tu hija así, vas a volver a tu hija asá, le vas a quitar cariño”, y me sentí peor. Entonces comencé a pensar que tendría que dejar de ser yo completamente para que mi hija estuviera feliz, pero no quería dejar de ser yo, y volví al punto… “soy una mala madre”.

Escuchar a los demás es una oportunidad, pero tratar de complacerlos siendo quien quieren que sea, no va a pasar. Sigo trabajando en el hecho de ser intolerante, si no, pueden leer mi post sobre actitud en este link, nomás para dejar antecedente. Prometo intentar sonreír más.

Entonces aprendí…

No al cien, pero entendí algunas cosas: Tengo que pedir ayuda cuando la necesite, que la responsabilidad de los cuidados de mi pequeñita es compartida, que si en el pasado me trataron mal por pedir ayuda, no quiere decir que pase ahora, que tengo que dejar atrás el pasado y vivir el presente, aunque suene a cliché también.

Que tengo que adaptarme y aceptar las nuevas etapas con sus partes buenas y malas, que sí, me desvelaré por algún tiempo, pero si dejo que mi cuerpo se adapte, podré sobrevivir a los horarios para cuidar a mi bebé. En suma, dejarme llevar por la etapa que estoy viviendo en lugar de resistirme.

También aprendí que amar lo que soy no significa ser una mala madre, habrá personas que lo entiendan, y habrá otras personas que no, y no tengo por qué obligar a los que no entienden a que lo entiendan, así de revuelto jaja.

Soy muy feliz con el resultado de lo que soy ahora con todo y mi historia, que eso le mostraré a mi hija y que en el camino encontraré nuevos obstáculos, entonces, respiraré, lloraré, reiré, me enojaré y seguiré adelante.

Y sobre todo, aprendí que lo que quiero enseñarle a mi hija es a ser una persona feliz, con esto quiero decir que no tenga miedo de mostrar sus emociones aunque sean consideradas como negativas, porque siempre existirá un “pero positivo”. Sí, mi hija me verá llorando de frustración en algún momento, peeeeero le diré que es bueno desahogarse y volver a empezar.

Mi maternidad (mi propia experiencia, no quiero generalizar) ha sido muy difícil por mi historia personal, por mi forma de ver el mundo, por mi dinámica familiar y por cómo juzgo el mundo a mi alrededor.

No, no soy una mala madre porque quiero y voy a estar con mi pequeñita como su madre, pero también como un ser humano dispuesto a entender y aprender junto con ella, con cagadas literales y retóricas. Vaya que ha sido difícil esta etapa, sólo voy a tratar de idealizar menos y a vivir más.

¡Gracias por leer!

Melanie Forey
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