Raritas

Nunca usé la palabra “rarita” o “rara” para definirme, usaba alguna que otra parecida como “nerdy” o “matadita”, y mi favorita era “calladita”. Pero “rara” me seguía tanto que decidí parar y ponerle tantita atención, a ver qué tenía para decirme.

Quien más usaba esta palabra era mi madre (aún sigo confundida sobre la forma perfecta para mantener a los padres tranquilos, en fin). Yo no me portaba mal, me encantaba ir a la escuela, tenía muuuuy buenas calificaciones, no salía de casa, hacía las tareas que me dejaban, no pedía ir a fiestas, ni llegaba tarde a casa.

Pero mi mamá me decía: habla más, socializa, no te tomes tan a pecho la escuela, pórtate mal. En serio estaba confundida, creo que los padres nunca estarán conformes, te portes bien o te portes mal, el problema no son los hijos, es que lo que tienen en mente hagas lo que hagas es que ellos lo están haciendo mal. Y no, mamá, no lo hiciste mal.

Lo digo porque ahora que soy madre, sé que es una de las preocupaciones mayores: hacerlo mal. Mi mamá sabía que era una buena niña, pero temía que me estuviera perdiendo experiencias por portarme muy bien. La entiendo, pero sólo fui yo misma.

En su desesperación utilizaba frases como “eres rara”, “¿por qué no eres una niña normal?”, todo esto tratando de hacerme reaccionar, porque desde su perspectiva la única manera de sobrevivir era ser sociable y extrovertida, y yo era todo lo contrario, así que se frustraba y se preocupaba muchísimo porque tenía miedo de que yo no tuviera las herramientas para sobrevivir en este mundo.

Mi madre tenía razón en algo: el mundo tiende ver a una persona extrovertida como saludable y a una persona introvertida como enferma. Pero no, ambos lados somos saludables, es cosa de “agarrarle el modo”. Así que sí, me fue difícil lidiar con esa perspectiva porque luchaba entre amar quien era y lo que los demás querían que fuera.

Hasta que entendí.

Amo mucho ser como soy, así, calladita, introvertida, amante de sus momentos de soledad y amante de las historias relajadas y sin tanta fiesta. Tanto, que… aunque sigo escuchando a la gente sobre cómo quieren que sea y me afecta, le encontré el gusto a ser “rarita”, aunque tampoco me guste del todo la palabra jaja.

El asunto es que las personas nos seguirán llamando “raritas” porque no seguimos un molde establecido, porque a veces preferimos más ausencias que presencias, porque defendemos quienes somos a “uñas y dientes”, porque lloramos mucho, pero entendemos que es una forma de limpiar nuestra alma y nuestro destino.

Las personas nos seguirán llamando raritas porque nos alejamos de personas cercanas cuando deberíamos (por convención social) estar cerca. Seguirán demostrando su frustración con esa palabra porque no convivimos como les gustaría, porque tendemos ver más nuestro interior que el exterior, así dejamos de complacer a quien no queremos, aunque “deberíamos” porque así está escrito.

No complacemos y por eso seremos raritas.

Seremos raritas porque vemos a nuestro pasado y le lloramos, pero también le sonreímos. Lo seremos porque dejamos de escuchar los consejos como órdenes y los tomamos como la experiencia de alguien más con ganas de compartirla.

Nos llamarán así porque siguen sin entender que sobrevivir a nuestro modo también es vivir, que no seremos extrovertidas, ni tendremos los mismos sueños o las mismas posesiones, porque quizá seamos nómadas buscando estabilidad y quizá también aventuras.

Seguiremos siendo raritas porque vivimos nuestras emociones “negativas” como la tristeza, la furia, la decepción, la irritación y la excitación con una intensidad tal que pareciera que debemos controlarlas.

Seremos raritas porque somos las primeras en levantar la voz diciendo “esta soy yo, gracias por aceptarme, gracias por no hacerlo, esta soy yo”. Pero todo ello no significa que no cedamos, ni dejemos de escuchar, sólo aceptamos quienes somos luchando o dejando de luchar para que lo comprendan.

No haremos lo mismo que quienes complacen, no porque lo consideremos inoportuno o dañino, sino porque no queremos, quienes complacen lo hacen por placer, o no, pero ese es únicamente asunto suyo, y al decirlo también seremos “raritas”.

Raritas porque amamos el feminismo, pero preferimos quedarnos en casa a cuidar a nuestros hijos. Raritas porque le damos valor al autoconocimiento y a las historias cortitas, porque preferimos poner atención en un solo hijo porque así lo elegimos, sin tener dos o más. Raritas porque no vamos a reuniones a las que deberíamos ir.

Raritas porque no somos el resultado de una fórmula única, sino que experimentamos el “prueba y error”. Raritas porque nos intentarán convencer de que lo somos y debemos cambiar, pero no lo haremos. Raritas porque sobre protegemos y también marcamos límites tajantes.

Raritas porque preferimos complacernos que complacer al resto. Raritas porque el mundo creerá que nos estamos perdiendo de mucho, cuando en realidad estamos ganando también. Raritas porque aunque nos gusten los tacones, preferimos ir por la vida descalzas y con muchos accesorios.

Raritas porque no somos tan cariñosas para quienes nos lo exigen, pero lo somos para quienes elegimos con mucho cuidado. Raritas porque no pasamos horas en el teléfono, ni enviamos mensajes constantes, pero estamos presentes si nos buscas.

Raritas porque caminamos mirando al piso, no por sumisión, sino porque nos perdemos en nuestros pensamientos y evitamos distracciones. Raritas porque aunque seamos “normales” en los círculos que elegimos, seguiremos siendo “raritas” para quienes crecieron con nosotras y para quienes nos educaron con miedo de que fuéramos “raritas”.

Raritas… me está gustando la palabra.

Melanie Forey
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