Por qué los treintañeros no paramos de hablar sobre “nuestra época”

Se me ha hecho costumbre que en alguna reunión social hable sobre lo que viví cuando era niña, desde las caricaturas hasta la escasa tecnología.

Termino pareciendo la “viejita” incómoda cuando intento resaltar la juventud de algunas personas clasificándolas en “yo sí, y tú no”.

En realidad SOY una persona muy joven, pero cabe destacar que noto una gran diferencia entre los veinteañeros y los de 30.

Ah, pero… no pasa igual cuando estamos en un grupo de sólo treintañeros, en este caso empezamos hablando sobre lo difícil que es la vida en pareja, las deudas, los gastos, las guarderías… hasta terminar hablando sobre política.

Cuando hay un joven veinteañero, el asunto es diferente, es una lucha entre Xennials y Millenials, aunque los segundos no están muy enterados.

(Abro paréntesis)

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Xennials: Los últimos nacidos en un mundo sin internet, entre 1977 y 1983, son una pequeña segmentación entre la generación X y los millennials. Apenas conocieron la vida analógica y maduraron con la tecnología digital.

Conocieron y utilizaron los LPs, los cassettes, los CDs, el VHS, incluso el teléfono con disco. Sus primeras citas fueron SIN ninguna red social, y saben qué se siente llamar al chico o a la chica que les gustaba y que le contestara alguno de sus padres.

*El término es creado por Dan Woodman, profesor de Sociología en la Universidad de Melbourne, quien los define como una mezcla entre “pesimistas y optimistas”.

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Y bueno, millennials son los nacidos entre 1980 y 2000, para los antropólogos es la generación que le sigue a las Generación X y Baby Boomers, aquellas que se criaron entre conflictos bélicos e inestabilidad económica.

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Según estas definiciones, yo pertenecería a un millennial por el año en el que nací, pero me identifico más con los primeros. ¿Por qué? Sencillamente porque yo sé quién es El Conde Patula (¡JHÁ!).

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¿Por qué lo hacemos? No lo sé en general, pero si hablo por mí, lo hago por dos razones:

Nostalgia

Se trata de recordar aquellos tiempos en los que las preocupaciones de una vida adulta eran impensables y muy lejanas.

Los días duraban más, existía el “primer amor” y el nerviosismo de su cercanía, las citas eran de palabra y las pláticas frente a frente… interminables.

Nuestros logros eran notables, y nuestras excusas tenían muchísima creatividad. Las épocas festivas tenían otro sabor, tú mismo y tu cuerpo eran otros.

Es esa nostalgia de decir… OK, estoy bien ahora y está padre ser adulto cuando se involucra la independencia y el que te valga madres los permisos.

Pero también era increíble no tener tantas responsabilidades, y sí tener tantos “futuros” a los que todavía no llegabas, pero tenías gran ilusión.

Ahora, ya llegaste a ese futuro y en muchas ocasiones no coincide con el que habías imaginado, a veces es mejor, pero otras es cansado, frustrante e involucra mucho esfuerzo. Así que la independencia y experiencia tienen un precio, que vale la pena, pero un precio.

Recordar esos tiempos te hace sentir bien, es regresar un poquito a esa época en la que te tirabas a escuchar la radio buscando tu canción favorita para grabarla en un cassette.

Esa época en la que no pensabas en las cuentas que ahora tienes que pagar y cómo conseguir más dinero.

Recordar, recordar… y amarlo.

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Esfuerzo

La otra razón es el esfuerzo, es un cierto “enojo” hacia las nuevas generaciones que parecen tenerlo todo fácil o que creen ser merecedoras del universo.

Oírlos quejarse sobre dilemas globales y locales sin argumentos, creyendo que son Dioses que vienen a salvar al mundo de la miseria con magia y juventud, me pudre.

No, no todos los jóvenes veinteañeros son así, pero muchos consideran que no merecen el sueldo que reciben o les ofrecen, creyendo que son más capacitados que aquellos que trabajaron muchos años antes para obtener el empleo que ellos creen merecer, eso sí… sin haberse esforzado.

Entonces, muy sutilmente uno se desahoga con personas que quizá no se lo merezcan aplicando un “yo sí, y tú no”. Yo sí tuve un celular “tabique”, yo sí escribía mis trabajos escolares a mano, y si bien me iba en máquina de escribir.

Yo sí veía caricaturas sin gráficos sorprendentes. Yo sí iba a la biblioteca y las noticias no llegaban por Twitter, no había escándalos sexuales transmitidos por la web y salía a jugar a la calle con mis amigos.

Quiero resaltar que considero que no está mal que les sea fácil (en ciertos aspectos), si es la época que les toca, está cool, lo que me pudre es que no se esfuercen ni tantito por nada en la vida.

Si algo sale mal corren con papi y mami, porque papi y mami también son diferentes a los nuestros papis y mamis.

Estos jóvenes que me pudren son aquellos que no se salen de sus casas casi cumpliendo 30, argumentando que las rentas y la vida son muy caras, que para qué pagar tanto si están ahorrando.

Si lo hicieran, estaría increíble, pero ni eso, son aquellos que usan el argumento, pero no trabajan y viven a costa de sus papás, esperando que en algún momento, y sin hacer nada, les llegue todo a sus manitas.

Son aquellos que votarían por candidatos irresponsables que en su discurso resuelven todo por arte de magia, sin esfuerzo, sin trabajo, sin conciencia, casi, casi usando una “varita mágica”.

Para mí, algunos jóvenes son perezosos, egocéntricos y tremendamente mediocres, entonces sí, uno llega a convertir esas pláticas en un “yo sí me esforcé y tú no”, tratando de hacerles ver lo afortunados que son y también lo ciegos que están.

Entonces, sueno como a “viejita” con un discurso similar al de “mis tiempos eran mejores”. Aunque no lo pienso en realidad. Amo “mi época”, pero también considero que estos tiempos digitales son maravillosos y con un gran potencial evolutivo.

Pero, a veces tengo miedo que se estanque por personas que creen en la magia, pero que no hacen nada por crearla. Porque la magia puede existir, pero se trabaja e implica esfuerzo, disciplina y humildad.

En fin, así la vida de treintañera. Una disculpa a los que me han escuchado hablar una y otra vez sobre mis caricaturas favoritas, la biblioteca y la máquina de escribir.

Para mí, es nostalgia y una auto palmadita en la espalda por todo lo que me he esforzado por vivir, y al mismo tiempo reconocer que mis papás también trabajaron harto con lo mucho o poco que tuvieron.

¡Trabajen, millenials!, y sepan a qué sabe el éxito de una vida de experiencia. La vida no es fácil y la magia no llega con “hadas madrinas”. Pero, bueno… como ya alguna vez dije “los consejos no son órdenes”, allá su vida.

Qué viva la libertad, el esfuerzo y la nostalgia.

Gracias por leer, jovenzuelos.

Melanie Forey
Written by Melanie Forey