La gota que derrama el vaso

Mal, mal, muchachita, muy mal, desahogarse con la última fregadera que le hacen y la que resulta ser la más insignificante, la más pobre y la que en realidad no tiene razón de ser… es desahogarse a lo estúpido.

Cuántas veces he tenido que aguantar y no “hablar a tiempo”, pasando por alto dichos y hechos y a la menor provocación, con la “gotita que derrama el vaso” exploto. Sí, pero hay un chingo de gotitas antes que llenan el vaso y que en ese momento no se ven.

Entonces, la que queda como tarada y loca frente a los hechos presentes, sí, soy yo. Lo malo es que ni siquiera me siento tan a gusto con el desahogue, porque resulta que sé que respecto a esa pequeña cosita por la que exploté, terminaré perdiendo en la batalla de argumentos.

Me aguanto en determinados y pequeños instantes porque a esos momentos no les doy importancia, pero cuando son uno, tras otro, más otro, más otro, y así sucesivamente… No, ya no está padre, a una la agarran de su “puerquito”.

Al final cuando me quejo, la respuesta es: La culpa es tuya por no parar, la culpa es tuya por no hablar, la culpa es tuya. Pues sí, porque no pongo límites. Alguna vez me dijeron: “Mel, en la vida hay cabrones o pendejos y tú no eres cabrona”. ¿Ah, sí? No, no quiero ser cabrona, pero tampoco soy pendeja.

No molestar gente, respetar, divertirme, ofrecer quién soy y cómo soy así nomás, no les da el derecho a exigirme, a molestarme, a pasarse de listos. Yo tampoco tengo que darles ese poder, así que se los quito, sólo yo decido si me tratas bien o mal.

La gota que derrama el vaso, sí, puede ser la más insignificante, pero es con la que también me cae “el veinte” de lo que no dije en su momento. Hablar a tiempo, siempre hablar a tiempo, no guardarse nada es ser libre.

Gracias.

Melanie Forey
Written by Melanie Forey