El 2016 se fue enseñándome a volar

Y como ya es mi tradición (¡jhá!), no podía faltar el recuento del año. Este 2016 estuvo “interesante” (nota: interesante es una palabra que mi mamá usa cuando no está segura si algo le incomoda o no), pues sí estuvo muy interesante.

El 2015, como les había contado, fue uno de los mejores que recuerdo, entre mi llegada al tercer piso, viajes y la noticia de que estaba embarazada, fue casi un sueño hecho realidad, pero la realidad tiene un precio y hay que pagarlo, yo por atascada lo pagué al contado, o eso espero.

Así, el 2016 llegó con náuseas y molestias estomacales, dolor de ciática y muuuuuchos cambios emocionales y físicos. El problema fue que tenía idealizada la etapa de embarazo como la más bonita para una mujer, lo es, pero tiene sus detalles y fueron esos detalles que no contaba, los que me hicieron darle como adjetivo al 2016 “interesante”.

Primer semestre

El primer semestre tuvimos muchos cambios, personales, familiares y de pareja, hasta le cambiamos de look al depa. Trabajé escribiendo para redes sociales y páginas web, limpiando el depa, moviendo de una habitación a otra, pintando, pensando en colores, planeando un baby shower, trabajando en mi paz mental, en fin.

Estuve exhausta los primeros meses del año, cansada físicamente y cansada de muchas preguntas sobre mi embarazo, la mayoría llamó mamonería a mi actitud. “¿Cómo te puede molestar que te estén preguntando cómo vas o que te toquen la panza?, se preocupan por ti”. Pues sí, estaba cansada de esa pregunta y responder mil y un veces: “ahí voy”. Estaba cansada de que me tocaran y me escondía cada vez que podía.

Entiendo que era una forma de hacerme sentir su cariño y lo recibí así, pero yo no quería tanta atención, raro lo sé, me sentí como cuando eres el bufón del payaso en una fiesta infantil, así. También me sentí demasiado presionada por la forma en la que me estaba transformando. Una chica embarazada y después una madre, se vuelve el centro de la opinión del mundo, todos tienen un consejo para darte, sean padres o no (no los culpo, yo también lo hacía).

Consejos bienintencionados y opiniones que a veces no quieres escuchar llegaron como un tsunami que casi destruye mi paz interior. Que si era exagerada por quejarme de mis malestares, que si no estaba comiendo bien, que si la forma de mi panza, que si ya tenía todo listo, pffff… ya cuando nació Val que si el chupón, que si el ombligo, que si el té para el reflujo, que si le estaba quitando cariño, que si la familia, que si las visitas… pfff.

Segundo semestre

El segundo semestre fue aún más “interesante”, nunca imaginé lo que implicaba que un bebé llegara a tu vida cuando estás tan acostumbrada a no pedir ayuda. No me dolió tanto la labor de parto como el que me sintiera juzgada por muchos, incluso por mis propios amigos, pocas de mis personas cercanas entendieron mi depresión post parto y el que me pusiera como pantera si se le acercaban a mi hija.

Me sentí invadida en mi espacio, en mi cuerpo, en mi forma de ser, tan, pero tan invadida que no dejé de llorar hasta hace unos meses, cuando irónicamente mi bebé dejó de llorar por el reflujo, y cuando empezó a sonreírme y a mirarme como nunca antes lo habían hecho, aunque he de reconocer que se parece mucho a la forma en la que mi mamá me ve: con dulzura.

Llegué a sentirme un poquito, sólo un poquito más relajada cuando pude dormir más de cinco horas seguidas. Vaya que me mataron las desveladas, son realmente un infierno, las padecí porque sufro de insomnio y porque tampoco puedo dormir donde sea y como sea, sólo tenía la opción de la noche y ya estaba ocupada por la leche de Val. Si algún día lanzo alguna maldición será sin duda la del insomnio, qué horror.

Y aquí es donde me robo un poco de mi speech navideño: Crecí escuchando la frase “Cuando seas madre me vas a entender” y aunque sigo sin entender situaciones en específico porque sigo viéndolo desde mi perspectiva como hija, sí los entiendo si alguna vez se han sentido juzgados y criticados por la forma en la que educan a sus hijos. Entonces, y sólo así, los entiendo.

Este año fue dificilísimo porque representó un cambio brutal, no sólo exterior, sino también en mi interior. Salieron a la luz defectos que no conocía, miedos que no sabía podía tener, pero también me sentí más madura y firme para respetar mis opiniones y defenderlas, no del mundo, sino de mí misma porque creía que tenía que ser y hacer lo que los demás dijeran para realmente ser feliz.

Ya sé, suena a cliché, el amor viene de ti mismo, me daba hueva eso, pero no lo entendí hasta que salí de mi zona de confort jajaja, es neta. Vaya que sales de tu zona de confort siendo madre, desde que toqueteen allá abajito para explorarte, hasta el estar estresada porque no sabes si ya se va a despertar y tú no has terminado de comer, lavar los biberones, bañarte y hacer pipí.

En resumen… que no es tan concreto 😀

Fue un año durísimo porque representó una metamorfosis “interesante”. Jamás me incomodó mi hija, es más, ella es un milagro que hizo que su madre dejara de ser tan cuadrada (sigo siéndolo, pero menos).

Su llegada me enseñó que idealizar no está mal, pero que si algo no sale como espero, tengo que lidiar con la frustración, el universo no lo controlo yo (aunque me gustaría por lo menos controlar el mío).

También me enseñó que si me sentí invadida, enojada y cansada por las opiniones y consejos de los demás, no era por las opiniones en sí, sino porque creía que todas las tenía que cumplir, porque estaba acostumbrada a complacer para sentirme aceptada, cuando era mi propia aceptación la que buscaba, necesitaba y… no sabía.

Y en general, este año me enseñó que hay cambios de rumbo inesperados, y aunque seguirán sin gustarme, tengo que dejar de aferrarme a un “antes” y a un “yo puedo sola”. Poco a poco estoy pidiendo ayuda, y poco a poco entiendo que cada quien libra su propia llegada de un bebé, aunque sea metafórica más que literal.

También me enseñó a escuchar y “dar el avión”, habrá consejos que me molesten al principio, pero subiré el consejo al aeroplano y le daré tiempo a que aterrice, así le doy la oportunidad a esas palabras para que se queden en mi vida o sólo fluyan con el viento y se vayan por donde vinieron, pero sin meterte en turbulencias sin haber despegado. U know, para qué gritarles que se callen, si puedo sonreír. Al fin y al cabo un consejo no es una orden, lo tomas o lo dejas, como todo consejo.

Bebesauria Val llegó en el momento oportuno, llegó no para hacer más felices mis días, sino para enseñarme que ya lo eran, que pueden serlo y que lo serán si yo lo permito. Amo tanto a mi hija y agradezco todas las bendiciones que llegaron para mí este 2016, fue tan difícil aceptarlas, como cuando eres chiquito y no quieres la medicina y haces berrinche, como cuando no quieres ir a la escuela y lloras como desesperado en la puerta, algo así, hice berrinche.

¡Bienvenido, 2017!

Por cierto, les dejo esta canción que viene muy ad hoc y fue justo en este párrafo donde comencé a llorar a lágrima, moco y baba…

“Y aunque para las uvas hay algunos nuevos,
a los que ya no están le echaremos de menos
y a ver si espabilamos los que estamos vivos
y en el año que viene nos reímos.”

Llegó Val, se fue mi abuela y también parte de quien me aferraba a ser y no era. Bienvenidos los nuevos, y un beso al cielo para los que ya no están.

Ah, esta versión también está muy cool.

 

¡Gracias por leer!

Melanie Forey
Written by Melanie Forey