Adiós, Tonchis…

Ella fue un torbellino, decía lo que pensaba, no importándole “el qué dirán”, hablaba claro y de frente. Siempre estuvo dispuesta a ofrecerte un “taco”, un vaso de agua y a reírse del mundo tirando al aire una que otra palabra anti sonante.

Le gustaban las fiestas, bailar, platicar, el café y raras veces se quedaba quieta. Le importaba un comino la moda, el mundo banal y las reglas de etiqueta, pero prevalecía en ella un fuerte apego a un hogar, un lugar que fuera suyo para refugiarse de las amenazas de un mundo superficial.

De una historia triste, cada enseñanza que recibió desde pequeña le forjó un carácter fuerte, duro y a veces intransigente. Recibió golpes de la vida que le dejaron moretones en el corazón y en el cuerpo, pero lo platicaba con una determinación que estremecía el alma, mientras yo lloraba por dentro escuchando su historia, ella permanecía firme y con la mirada en alto.

Sus lágrimas caían al suelo a mares ante expresiones humanas de desamor y abandono, pero jamás demostró una debilidad absoluta. De voz fuerte y precisa, nunca habló “bajito” ni con la cabeza agachada. No sé si alguna vez lo hizo, yo siempre la conocí así, fuerte, determinante, necia, intolerante y en ocasiones gritona.

No fue una mujer perfecta, tuvo fallas de vida que pagó con lágrimas y sangre, y que dejaron huella en su descendencia, ni yo ni nadie tendría el derecho de juzgar si conociera la historia completa. Lo pagó, pagó el costo de su ignorancia y desamor, pero también obtuvo una experiencia de vida que valía la pena escuchar.

Cuando yo era niña tenía temor de sus reacciones. “Abuelita” no era una palabra con la que pudiera referirme a ella, sólo podía hacerlo de “usted” y cuidadito si no lo hacía. Con el tiempo, y con amor, tuve respeto a esa petición, y poco a poco su corazón se fue ablandando, pude en muchas ocasiones llamarla cariñosamente “Tonchis”.

Abrazarla y darle un beso me hacía sentir bien, ella demostraba su cariño con pocas expresiones, pero al saludarla siempre sentí su aprecio, era una mujer transparente, mostraba quién era, algo que pocos hacen. Ella no iba por la vida con máscaras, más bien se reía de quien las tenía.

Su sabiduría la obtuvo de una vida de trajín, de arriba abajo, de viajes, de situaciones difíciles, de carencias materiales y emocionales, de abusos, abandono y, paradójicamente, de su ignorancia. Amó, odió, sufrió y se levantó todas las veces que pudo, las que no, no estuvo en sus manos.

Extrañaré sus abrazos calientitos, su humor agridulce, su tono directo y a la cara. Extrañaré también sus sopes, el que siempre quisiera alimentarme y se ofendiera si no lo quería. Voy a extrañar verla desenvolverse con ese “don de gentes” que tanto admiraba, porque a mí me hace falta. También voy a extrañar verla pelear con mi mamá, para ellas no era tan divertido, pero por fuera era ver cómo demostraban su amor con esa forma tan fuerte de hablar.

Su herencia me la dio en vida: enseñanzas de fortaleza y amor que vi en mi madre, mujeres fuertes que salieron adelante a pesar de noches frías y mañanas hambrientas. Tonchis ya se fue, pero dejó su sangre en generaciones que entenderán lo que es la fortaleza a pesar del mundo. Hijas, nietas, nietos… porque agradezco su existencia, sin ella, ni yo, ni mi hija estaríamos en este mundo.

Ella fue única.

Q.E.P.D. 12 de noviembre 2016

Melanie Forey
Written by Melanie Forey